Según cantaba Louis Armstrong, vivimos en un mundo maravilloso. Según decía siempre en sus retransmisiones el añorado Andrés Montes, "la vida puede ser maravillosa". Y Black lo confirmaba en esta canción. ¿Para cuando nos va a llegar el turno a algunos de disfrutar de tan maravillosos mundo y vida?.
Un demente con ganas de comerse el mundo, pero el mundo se lo come a él. Espero devolverle algunos bocados.
martes, 7 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
Las amistades peligrosas.
Durante demasiado tiempo me dominaste, pero por fin fui capaz de abandonarte. De todas formas para algunos, seguiré siendo un sospechoso habitual.
lunes, 30 de enero de 2012
sábado, 31 de diciembre de 2011
Esta noche.
Hoy, desde hace mucho tiempo, es una noche tranquila.
Parece que todo va bien esta noche.
No percibo movimientos de ningún tipo.
No oigo ese soniquete de la radio, tampoco el de la televisión que mi mujer se ha dejado encendida en el salón mientras ella duerme plácidamente; ni siquiera escucho sus ronquidos.Tampoco me llegan rumores de gente hablando en la calle.
No siento a nadie que camine ahí fuera, quizás está demasiado tranquila la noche.
Pero me doy cuenta de que no me importa, despues de tanto tiempo, tengo una noche en la que me encuentro cercano a la felicidad.
Todo el mundo esta bien esta noche.
Nadie se mueve, nadie habla.
Nadie piensa, nadie camina esta noche.
Por fin me doy cuenta de que lo que ocurre es que estoy muerto.
Posiblemente debería haber llegado a este estado mucho antes.
Parece que todo va bien esta noche.
No percibo movimientos de ningún tipo.
No oigo ese soniquete de la radio, tampoco el de la televisión que mi mujer se ha dejado encendida en el salón mientras ella duerme plácidamente; ni siquiera escucho sus ronquidos.Tampoco me llegan rumores de gente hablando en la calle.
No siento a nadie que camine ahí fuera, quizás está demasiado tranquila la noche.
Pero me doy cuenta de que no me importa, despues de tanto tiempo, tengo una noche en la que me encuentro cercano a la felicidad.
Todo el mundo esta bien esta noche.
Nadie se mueve, nadie habla.
Nadie piensa, nadie camina esta noche.
Por fin me doy cuenta de que lo que ocurre es que estoy muerto.
Posiblemente debería haber llegado a este estado mucho antes.
martes, 25 de octubre de 2011
Es hielo abrasador (Francisco de Quevedo)
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
lunes, 10 de octubre de 2011
Depresión (por Carolina Cid)

Entre las sombras vegetando vivo
Sin que una luz ante mis ojos irradie
E indiferente mi existir maldigo
Sin creer en nada, sin amar a nadie.
Para mi la esperanza esta perdida
Nada me importa mi futura suerte
Ni tiene objeto para mí la vida
Que al corazón se anticipó
La muerte.
A nadie importa mi dolor eterno
Vago triste, descreído, aislado
Como vaga en los antros de
Infierno
El ¡Ay…! Desgarrador de los
Condenados
Ya sin amor, y con la fe extinguida
Me burlo de las iras de mi suerte
¡Que carnaval tan necio de la vida!
¡Que consuelo tan dulce de la muerte!
viernes, 7 de octubre de 2011
El conde Sisebuto, Joaquín Abatí.
Una muestra de que la poesía puede resultar muy divertida, es la que a continuación se puede leer.
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.
Lo habitaba un gran señor,
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto
su esposa, doña Leonor,
y Cunegunda, su hermana,
y su madre, Berenguela,
y una prima de su abuela
que atendía por Mariana,
y su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra era su tía,
y su nieta, Rosalía,
y su hijo mayor, Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,
noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.
En un gótico salón
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.
Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.
Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.
Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!
Salta el foso, llega al muro,
la poterna está cerrada.
- ¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-, ¡vaya un apuro!
De pronto algo que resbala
siente sobre su cabeza;
extiende el brazo y tropieza
con la cuerda de una escala.
- ¡Ah!... -dice con fiero acento.
- ¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso.
- ¡Ah!.. -repite venturoso.
- ¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde,... ¡la Pepa!
En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
lo seca bien con serrín.
- Lisardo... mi bien, mi anhelo,
único ser al que adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
¿qué sientes, di, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
¿qué sientes, Lisardo amado?
Y él responde: - Siento frío.
- ¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?... pues toma esta manta.
- Y ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
- Yo te adoro como un niño.
- Mi pasión raya en locura,
- La mía es un arrebato.
- Si no me quieres, me mato.
- Si me olvidas, me hago cura.
- ¿Cura tú?, ¡Por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!
Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es mi padre muy bruto,
y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos... vamos al Congo
a ocultar nuestros amores.
- Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cogen,
¡que nos quiten lo bailado!
En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
- ¿Oyes? -dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.
Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre..., luego un can...,
luego nadie..., luego nada...
- ¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?
Y tú, cobarde villano,
antipático, repara
cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano.
Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto.
El perro... no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,
de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,
de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.
Y aquí acaba la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,
que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.
Lo habitaba un gran señor,
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto
su esposa, doña Leonor,
y Cunegunda, su hermana,
y su madre, Berenguela,
y una prima de su abuela
que atendía por Mariana,
y su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra era su tía,
y su nieta, Rosalía,
y su hijo mayor, Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,
noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.
En un gótico salón
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.
Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.
Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.
Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!
Salta el foso, llega al muro,
la poterna está cerrada.
- ¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-, ¡vaya un apuro!
De pronto algo que resbala
siente sobre su cabeza;
extiende el brazo y tropieza
con la cuerda de una escala.
- ¡Ah!... -dice con fiero acento.
- ¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso.
- ¡Ah!.. -repite venturoso.
- ¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde,... ¡la Pepa!
En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
lo seca bien con serrín.
- Lisardo... mi bien, mi anhelo,
único ser al que adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
¿qué sientes, di, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
¿qué sientes, Lisardo amado?
Y él responde: - Siento frío.
- ¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?... pues toma esta manta.
- Y ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
- Yo te adoro como un niño.
- Mi pasión raya en locura,
- La mía es un arrebato.
- Si no me quieres, me mato.
- Si me olvidas, me hago cura.
- ¿Cura tú?, ¡Por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!
Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es mi padre muy bruto,
y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos... vamos al Congo
a ocultar nuestros amores.
- Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cogen,
¡que nos quiten lo bailado!
En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
- ¿Oyes? -dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.
Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre..., luego un can...,
luego nadie..., luego nada...
- ¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?
Y tú, cobarde villano,
antipático, repara
cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano.
Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto.
El perro... no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,
de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,
de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.
Y aquí acaba la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,
que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.
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